La noche y el sueño

 A veces creo que  todo es mentira. Cierro los ojos y me veo en otras vidas, no sé si mejores o peores, pero así es. Otros cuerpos, otras carnes, envuelto en distintos vaivenes. Y paro. Me miro. Vuelvo a cerrar los ojos para no ver esas otras vidas, si no la mía. Y mirarme. ¡Qué difícil mirarse a uno mismo!

La vida es una conjunción de casualidades, un ciclón de circunstancias que te arrojan al vacío sin saber que hacer con ellas. Aciertas, yerras, titubeas y andas, nunca paras de andar. Incluso en la noche. En la seguridad de tu almohada sigues andando, recorriendo delgadas líneas cercanas al abismo y buscas rincones conocidos. Abrigos poblados de pelo blanco que te den el calor que la calle te ha robado. Un olor cercano, un cuerpo que abrazar y donde perderte. Un reencuentro diario que llene de nuevo los vacíos que tú has dejado, que aquel dejó, que yo mismo dejo.

Y caes, tus ojos se apagan y la noche lo inunda todo. El mundo onírico te invade y los sueños por unas horas se hacen dueños de mis designios. A ellos me encomiendo, libres y salvajes en la noche, medidos por el día. Mis ojos se apagan de nuevo. Los sueños despiertan.

 

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