La (no) vida

Todo olía mal alrededor de casa. Hasta él. Hasta ella. Un olor consistente y profundo que ocupaba todos y cada uno de los espacios de su luminoso hogar. Su televisor de 50 pulgadas, su decoración con reminiscencias clásicas y el último grito en informática. Todo olía mal.

Miraban, buscaban, se volvían locos tratando de evitar ese olor nauseabundo que les inundaba, que no sabían de donde venía y les acompañaba tanto tiempo.

Un día, cansados de buscar sin resultado alguno y cerca del hastío, se sentaron juntos a tratar de respirar el aire fresco de la tarde. De pronto, las miradas de ambos se cruzaron y se dirigieron al viejo felpudo de la puerta de casa. Descubrieron que la pestilencia procedía de allí, donde cada uno dejaba los retazos de su existencia antes de entrar a su no vida.

Cientos de miserias estaban escondidas en el quicio de esa puerta.

 

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