La cobardía

 Cientos de personas pasaban cada día cerca de aquella senda, pero ningún senderista había reparado en ella. Detrás de las zarzas y matorrales que la cubrían se abría una nueva vereda escondida que apenas nadie conocía.

Un camino con olor a pino y romero, con el suelo lleno de restos de piñas roídas por las ardillas y una luz que invitaba a recorrerlo hasta más allá de sus confines. Esos a los que nadie había llegado.

Algún avezado paseante era capaz de descubrir ese camino, sus colores y sabores, pero ninguno osó adentrarse en él. La cobardía y la duda, esa que nos atenaza y nos deja a los pies de la mediocridad. Esa laxitud que permite dejar que lo bello se pierda. La cobardía.

 

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