#1 El puerto

Había visitado tantas veces aquel puerto que conocía a la perfección cada uno de sus espacios, sus presencias, sus ausencias. Padre embarcaba durante seis meses al año en aquel enorme navío que lo alejaba de casa largas temporadas. El momento de la partida era terrible. Un enorme vacío inundaba mis pensamientos. Tristeza y soledad que madre era incapaz de paliar. Más de ciento ochenta días sin él, momentos irrecuperables. Días que no volvían y rabia contenida.

El puerto era enorme. Un largo muelle daba la bienvenida y el adiós a viajeros y marineros. El trasiego diario era incesante, siempre plagado de gentes que iban y venían; comerciantes, buscavidas del tres al cuarto, chaperos y rameras buscando clientes deseosos de evacuar sus miserias por el falo.

Frente al puerto había una vieja taberna frecuentada por toda esa fauna, pescadores y gentes de malvivir, siempre ansiosos de un trago. Ese antro me era el último nexo de unión con padre. Ahí llegaba nuestro último cruce de miradas, el último abrazo, porque nunca sabíamos si iba a haber más. Juan, el tabernero, acariciándome la cabeza me consolaba tras su partida.

– Tranquilo chaval, tu padre es un experto marinero y, como siempre, en unos meses lo tienes en casa de nuevo. Anda corre con tu madre que ella sí que se queda sola…

Desde muy pequeño padre me solía llevar allí. Me sentaba junto al barril de la ventana a ver salir y entrar barcos por la bocana del puerto. Cada uno de ellos se me clavaban en el alma. Odiaba ese transitar lento y sereno por las aguas del puerto y perder de vista en el horizonte aquellas enormes máquinas de hierro pero necesitaba hacerlo todos los días. Era mi forma de imaginar que padre estaba bien, navegando en su barco por cualquier mar del mundo.

Todos me conocían. El niño que merodeaba por las tardes alrededor de la oficina del muelle buscando información sobre el viaje de padre. El joven delgado y débil cuyo rostro reflejaba una tristeza perenne. El niño que se quedaba, solo y hundido, sentado junto al noray en el que el barco de padre estaba siempre amarrado antes de partir y al cual llevaba todas las tardes una piedra, que colocaba, solemne, junto él y que recogía los días de su vuelta a casa.

Hoy ponía la primera piedra y como cada noche, con la partida del último de los barcos, la oscuridad se hacía dueña del muelle. Las gentes del puerto se retiraban y yo volvía a casa cabizbajo, con mi mirada cargada de odio y tristeza. De nuevo, ciento ochenta días rodeado de soledad.

 

 

 

 

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