Tierradentro

Ahí reside todo.

En las profundidades de la memoria.

En tus ancestros.

En la tierra que pisas.

En el aire que respiras.

En el horizonte frente a tus ojos.

En los surcos de tu mirada.

En las heridas de tus manos.

En las cicatrices de tu corazón.

En lo que escondes.

En lo que muestras.

En lo que anhelas.

En lo que cuidas.

Ahí reside todo.

Tierradentro.

Si no llega el infinito

Si no llega el infinito,

no lo busques.

Está muy lejos.

¿Acaso existe?

Ese infinito del que hablamos es el ahora.

Si el presente ya es pasado.

¿Qué será lo que no ha llegado?

El aquí, el ahora, el instante.

Ese es el infinito.

El remar y mirar a los ojos.

El dormir abrazados.

El sentir.

¿Qué será lo que no ha llegado?

No lo sabemos como no sabemos que es el infinito.

El infinito es el aquí y el ahora, el instante.

 

 

Infinito

El infinito es este ahora,

ese aquí que ya es pasado.

El infinito son las horas que llegan,

los segundos ya vividos.

El infinito no es mañana,

es este instante que ha arribado.

El infinito son las luces a lo lejos

y el horizonte calmado.

Lo ordinario

Lo diario,

lo sencillo.

Lo que siempre está ahí,

lo que nunca falla,

 

Las manos que sin estridencias nos cuidan,

nos abrigan.

Los ejemplos que están a nuestra vera,

nos guían.

 

Lo cotidiano,

lo modesto.

Lo humilde,

lo llano.

 

Lo de todos los días.

Lo ordinario.

 

(A la belleza de lo ordinario).

#9 La carta

Las palabras del capitán resonaron en mi cabeza. No podía creer lo que estaba escuchando, lo que estaba viendo. Casi un año después de aquella maldita  tormenta, un rayo de luz se abría en mi horizonte. ¡Tenía noticias de padre!

Con las manos temblorosas acerté a quitar el corcho que tapaba la botella y con devoción saqué el trocito de papel que, enrollado sobre sí mismo, tenía escrita una parte de mi futuro. Me pareció mágico su olor, su tacto y su color ocre del que sobresalían las palabras escritas con tinta azul.

Hola hijo, te escribo estas palabras para despedirme de ti. Lanzo este trozo de papel en una botella al mar con la esperanza de que algún día llegue a tus manos. ¡Le pido a Dios que así sea! La tormenta va a hundir El Concordia en cualquier momento y los botes de salvamento los perdimos hace unas horas en la batalla contra las olas. 

No quería irme sin decirte lo que nunca he sido capaz de mostrarte con palabras y que llevo dentro desde el día de tu nacimiento.

Tu luz fue más fuerte que el sol que me ha abrasado en la cubierta de este barco.

Tu sonrisa es más bonita que todos los atardeceres que he visto en cualquier océano del mundo.

Tus piedras en el muelle son los pilares más robustos que haya conocido nunca.

Tu abrazo ha sido la más cómoda de las almohadas, el más mullido de los colchones.

Tus besos fueron el alimento que más me ha llenado.

Vive la vida que yo no he podido vivir. Cómete todos los días que estés en este mundo y nunca, nunca te quedes nada por decir, por mostrar. 

Mira todas las noches al cielo y cuando veas la estrella que más alumbra sonríe, yo estaré ahí, a tu lado.

 

Papá.”

 

 

 

 

 

 

 

 

#8 La botella

 El cuerpo me temblaba. Escuchar esas palabras del viejo marinero me hizo estremecer. ¿Sabía dónde estaba padre? ¿Tenía información sobre él o sobre El Concordia? ¡No me lo podía creer!

Apresurado subí por la pasarela que unía su navío con el muelle. Apenas una decena de metros que se hicieron eternos. Iba agarrándome a las oxidadas barandillas de la pasarela para evitar caer al mar mientras mis pasos contra el metal resonaban en todo el puerto.

El capitán me recibió sereno en la cubierta del Esperanza. Me dio un fuerte apretón de manos e indicó que lo acompañara al interior del barco. Sin mediar ni un cuarto de palabra se sentó en un viejo sillón de cuero. Frente a él, su mesa de escritorio estaba llena de libros y papeles muy bien ordenados. Por las paredes del camarote colgaban mapas y antiguos instrumentos que parecían de navegación. Era un lugar curioso en el que me podría pasar horas descubriendo miles de historias como las que padre me contaba.

Seguía nervioso. Las manos me sudaban y no sabía si sentarme, seguir de pie o gritar  bien alto del estado de ansiedad en el que me encontraba. De pronto, el capitán sacó de un cajón una botella y la puso encima de la mesa. Era transparente y estaba cubierta de algas secas. Dentro lo que parecía un papel enrollado sobre sí  mismo y atado con una cuerda.

– Esto es para tí -dijo el capitán en un tono firme y sereno-. Lo encontré hace unas semanas a muchas millas de aquí. No sabía si abrirlo o no, pero sabiendo lo de la desaparición del barco de tu padre no pude evitar hacerlo por si había alguna pista. Tienes un mensaje muchacho.

 

 

 

 

#7 Esperanza

El tiempo pasaba y yo seguía apartado del mundo. Cada tarde continuaba acudiendo fiel a mi cita con mis piedras y ese noray que era mi último anclaje a padre. Alrededor de él se acumulaban ya centenas de ellas que incluso impedían el paso de mercancías y viandantes. Seguía soñando con ver amarrado El Concordia algún día en él y verlo bajar cansado pero sonriente, buscando mi abrazo. La fe en volver a verlo era lo único que me quedaba.

En mi recuerdo estaba aquel fatídico día en el que el barco de padre navegó parsimonioso y en paz por las aguas del puerto y  como se perdió en el horizonte para no volver jamás. A pesar de que la búsqueda había cesado hacía ya mucho tiempo, yo seguía empeñado en mantener vivo un atisbo, cualquier resquicio que pudiera llevarme a él.

Preguntaba a la tripulación de los grandes barcos que atracaban en el puerto a dejar y recoger sus mercaderías. Continuaba visitando la oficina del puerto buscando noticias, incluso me dejaba caer por el cuartel de los guardacostas cada cierto tiempo. Pero nada.

Un día llegó a la ciudad un viejo navío dedicado a la observación de cetáceos. Era un barco grande de madera y enormes velas blancas capitaneado por un misterioso personaje. Anduve varios días merodeando a su alrededor hasta que una tarde, temeroso, me decidí a subir la pasarela del barco y hablar con el patrón.

Era un hombre muy serio, parco en palabras, de manos grandes, tez morena y una enorme barba blanca. Debía estar curtido en mil batallas. Me recordaba a padre. Vestía una vieja gorra con el nombre de su barco, Esperanza, bordado en el frontal y una camisa de cuadros azules y verdes descolorida por el paso del tiempo. Llevaba la camisa remangada dejando ver en su brazo derecho parte de un enorme tatuaje en el que se adivinaba el nombre de una mujer y la cola de una sirena.

– Por fin te has decidido a subir muchacho. Llevo viéndote alrededor del Esperanza muchas tardes. Creo que te conozco, se habla mucho de ti. Y si no me equivico supongo que eres el hijo del marinero desaparecido hace unos meses. Vi el barco de tu padre antes de naufragar. Nos cruzamos cerca de la Isla del Plomo, muchas millas mar adentro. La cosa estaba comenzando a ponerse fea, yo decidí volver a puerto y ellos tomaron el camino equivocado. Ya no sé decirte que pasó con ellos porque no lo vi pero todo el mundo habla de… ¿Qué haces por aquí? ¿Qué sigues buscando en este puerto?

– Busco a mi padre. Sigo buscando esperanza, un hilo de esperanza que no desaparezca con el paso del tiempo.

Esperanza es el nombre de mi barco. Ven muchacho, igual te puedo ayudar.

 

 

 

#6 Yo

Crecí un lustro en apenas unos meses. Las ilusiones y los pájaros que tenía en mi cabeza se esfumaron con aquella tormenta. Las primeras semanas fueron eternas. Yo era un autómata, una persona sin rumbo. Había perdido la luz de mi mirada. No quedaba nada de aquel muchacho vivaracho y alegre, siempre despeinado y que correteaba por los alrededores del puerto buscando noticias que llevarse a la boca.

Tras la tempestad estuve mas de quince días sin ir al colegio. Seguía empeñado en subir a las montañas más altas de la ciudad y otear el enorme horizonte que se abría a mis pies, buscando una señal. Mis pensamientos volaban fugaces por mi mente, enrocada en hallar soluciones y tratando de encontrar el sosiego, una paz que no llegaba.

En la vuelta a clase todo siguió igual. Mis compañeros me miraban con cara de pena y nadie era capaz de acercarse a mi, de preguntarme nada o querer iniciar una conversación, un juego. Me pasaba los recreos en una esquina absorto y vacío de cualquier atisbo de vida. Estaba marcado y no reaccionaba.

Todo en casa seguía tres cuartos de lo mismo. Desde aquella maldita tarde de lluvia no le había vuelto a dirigir la palabra a madre. Entraba y salía de mi habitación como un autómata. Cabizbajo y sin querer ningún contacto con ella. Comía a deshoras los restos que me encontraba por la cocina y a pesar de sus intentos por recuperarme yo tenía claro que me había perdido para siempre. No discutía ni peleaba, simplemente agachaba la cabeza y seguía mi errante rumbo.

 

 

#5 Tras la tempestad

 El humo de las hogueras ocupaba la atmósfera del barrio bajo de la ciudad. Las hogueras se habían ido apagando y los rescoldos emanaban un humo negro que volvía el puerto un lugar tenebroso. Durante seis días con sus seis noches la ciudad se volcó en la búsqueda de El Concordia.  Además de las enormes piras en las que ardieron cientos de enseres y objetos inservibles, varios barcos se ofrecieron a salir a buscar a padre y sus compañeros una vez la tormenta había amainado. En vano.

Parecía como si la tierra se hubiese tragado ese enorme navío con el que cada seis meses se rompían mis ilusiones. Las gentes comentaban en voz baja la mala suerte de El Concordia dándolo como hundido en el mar. Susurraban a mis espaldas mientras que yo me tapaba los oídos y huía sin querer creerme esa noticia que todos ya aceptaban.

No había dejado de poner mi piedra diaria en estos días de angustia. Era mi rutina y mi momento de contacto con padre. Le hablaba, le pedía que luchase con todas sus fuerzas y que volviera sano y salvo. A pesar de la desesperanza de todo el mundo yo seguía empeñado en que seguía bien. Quizá alguna marea lo llevó a playas remotas o quizá algún otro barco de latitudes lejanas les ayudó salvándoles la vida.

Mantenía la calma como podía, esa calma que parecía haber vuelto al puerto. A las pocas semanas del cese de aquella maldita tormenta, las mercancías y las gentes, volvían a ocupar el muelle, las tabernas rebosaban vida y los chaperos merodeaban de nuevo por las zonas más oscuras. Había vuelto una normalidad que no existía. Padre no estaba conmigo y reinaba una falsa calma.

 

#4 La tormenta

A los pocos días de zarpar llegaron malas noticias desde la oficina del puerto. Un enorme temporal azotaba la zona y los servicios de emergencias solicitaron a la flota volver a puerto. Todos y cada uno de ellos respondieron a esa llamada excepto el de padre.

Refugiado junto al voladizo de la oficina esperaba impaciente alguna buena nueva que no llegaba. El tiempo se había parado y los minutos eran agujas que iban directas a mi corazón. Se rumoreaba que un marinero creía haber visto la silueta de El Concordia luchando contra las olas mar adentro. Pero solo sonaban a eso, rumores y cantos de sirenas que no ayudaban a apaciguar mi estado.

La ciudad se revolucionó y comenzaron a hacerse hogueras improvisadas en las zonas altas de la misma que sirvieran de guía a posibles barcos navegando a la deriva.  Las gentes se organizaban en grupos para mantener viva la llama de la esperanza, una esperanza que se disipaba según pasaban los días.

Todo lo que fuera inflamable se lanzaba a las piras. Neumáticos, sofás viejos o palos que apresurado arrancaba de cualquier árbol. Los nervios me tenían atenazado y mi única esperanza eran que esas hogueras arrojaran luz al mar y que el barco de padre pudiera volver a puerto en medio de una tormenta que ya llevaba una semana azotando a la flota pesquera.