Los rayos de la tarde y una playa

 Me encanta perderme con los últimos rayos del día. Tiñen todo de un tono amarillo anaranjado que da un brillo especial a la vida. Hace unos años era adicto a aquel camino de tierra junto al mar y a su baño de sol vespertino. Rara era la tarde que no me dejaba caer por allí. Años más tarde, el destino me alejó de él y de ese trocito de playa rodeada de montañas rojizas que sigo adorando.

Alguna vez he vuelto pero prefiero guardar aquellos ratos en el recuerdo. Mi mente no me deja pasear ni correr de nuevo por aquellos montes, por aquellas playas. La memoria es muy caprichosa y creo que guarda en un cofre dorado los momentos bonitos y no los libera hasta que estés preparado para volver a vivirlos, con tanta o más intensidad de la que ya fueron vividos.

Se llama Puntabela y a pesar de la distancia que he puesto con ella sigue siendo un rincón único donde volveré a perderme algún día.

 

El sol

 ¿Os habéis dado cuenta? Arrasa con  todo, allá donde va. No podemos vivir sin él. En los días más oscuros, cuando estás derrotado y dolido por la batalla, solo un rayo suyo bastará para sacarte de tu agujero.

A veces nos escondemos para no verlo y apiadarnos de nosotros mismos, buscamos más dolor del que sentimos, para machacarnos. Pero no, no podemos huir. Siempre está él para salvarnos. Él solo no, claro. El sol, el aire, una sonrisa, un lápiz y un trozo de papel, un paseo a media noche, un mensaje, un algo que siga diciéndote que estás vivo.

Y el sol vuelve a salir.

Huir no es de cobardes

 La ciudad me aturde por momentos. Paseo por el limbo mientras busco complicidades en cada esquina que recorro. La hostilidad de la prisa y los neones provocan que busque calles poco transitadas y en ellas la soledad escogida. Al fondo de un callejón desconocido encuentro una pequeña taberna con una sola silla y una sola mesa en la calle. A su lado hay un muro agujereado lleno de graffitis por el que entra el sol.

La sensación de vida vuelve a mi lado. Pido una cerveza y de mi vieja mochila saco mi cuaderno, un lápiz y mi goma. Huyo, porque huir no es de cobardes. La huida es una necesidad diaria para reencontrarte y decirte las verdades, para escribir y dibujar tus nimiedades. Se acaba mi cerveza, mis palabras y me quedo mirando la luz del sol. Cosas triviales ocupan mi mente y sonrío.  Ha vuelto el sol.

 

Columnas de hastío

 La paz del parque termina en su puerta norte. Los tonos ocres y anaranjados de las hojas caídas se funden a negro con el asfalto de la ciudad. El enorme portón de hierro limita la tranquilidad de la urgencia. Te trasladas a miles de kilómetros en apenas unos centímetros.

Miradas perdidas, hombros caídos a los pies de columnas de hastío y pantallas luminosas. Anonimato y lejanía, soledad. Podredumbre en los ojos machacados por el picotazo de oscuros cuervos, que vigilantes, planean buscando nuevas víctimas. Alcantarillas de boca enorme que se tragan cualquier atisbo de futuro, verdugos con traje y corbata. Ruido e indiferencia entre lustrosos amasijos de hierro.

Guerra sin armas para dejarte rendido y morir engullido por la prisa. Certidumbres que te arrastran a lo oscuro. En la ciudad todos somos iguales, todos somos nada. Nadie mira a nadie.

Junto al árbol

 Junto al árbol. A pocos metros está ese banco. Ahí sigue. Esperándome, esperándoos, todos los días. Impertérrito, lleno de vida o desnudo. Lo veo cada mañana al pasar aunque rara vez me siento en su raída madera. Prefiero imaginar.

Mientras transito a su abrigo suelo pensar en los abrazos que habrán derramado sobre él, las lágrimas que habrá soportado. Ojalá pudiera hablar, sonreír, entristecerse o contarnos toda su existencia. Desde aquellos días que fue árbol, lleno de hojas que iban y venían al compás del viento hasta la última historia que ha presenciado. ¿Qué pensará de mi cuando paso…?

Quizá crea: Ahí viene de nuevo ese tipo, triste y aburrido. Ese que nunca se sienta en este pobre banco, que nunca me cuenta nada pero que yo sé que me mira y quiere saber más de mi y mis historias. Pero no, no las va a saber nunca. Igual el día que decidas venir a visitarme y sentir el aire fresco que corre a mi vera ya no estoy.

¿Y si cuándo quiera sentarme en él ya no está?

 

Ya es hoy

Las nubes se marcharon con la brisa de la madrugada mientras la luna corría apresurada a esconderse tras las montañas. Ya es hoy. Me levanto desabrido y sin muchas ganas de ver la luz, de ver nada. Los deseos se quedaron entre las sábanas. Malditas seáis. Somnoliento preparo un café y me siento en mi privilegiada atalaya a divisar la ciudad, el parque cercano.

Me encanta ver el trasiego de gentes, el ir y venir de vidas anónimas. Me siento como un pintor que con su pincel esboza trazos de existencias lejanas, llenándolas de esencia. Vuelvo a mirar al otro, a vosotros. Indago en mis adentros buscando posibles preocupaciones ajenas, ocultando las propias. Sigue siendo complejo mirarse a uno mismo.  De nuevo, recuerdo: ya es hoy. Y me pongo en marcha.

Todo es marchar, todo es andar, todo es sentir, todo es vivir. En ello pongo mi empeño. En esta mañana que amanecía gris y que no sé porque motivo se va tornasolando y adquiriendo semblantes  de futuro vuelvo a recordar, ya es hoy. Ese árbol está ahí por ti. Sal ahí fuera. Ya es hoy.

La noche y el sueño

 A veces creo que  todo es mentira. Cierro los ojos y me veo en otras vidas, no sé si mejores o peores, pero así es. Otros cuerpos, otras carnes, envuelto en distintos vaivenes. Y paro. Me miro. Vuelvo a cerrar los ojos para no ver esas otras vidas, si no la mía. Y mirarme. ¡Qué difícil mirarse a uno mismo!

La vida es una conjunción de casualidades, un ciclón de circunstancias que te arrojan al vacío sin saber que hacer con ellas. Aciertas, yerras, titubeas y andas, nunca paras de andar. Incluso en la noche. En la seguridad de tu almohada sigues andando, recorriendo delgadas líneas cercanas al abismo y buscas rincones conocidos. Abrigos poblados de pelo blanco que te den el calor que la calle te ha robado. Un olor cercano, un cuerpo que abrazar y donde perderte. Un reencuentro diario que llene de nuevo los vacíos que tú has dejado, que aquel dejó, que yo mismo dejo.

Y caes, tus ojos se apagan y la noche lo inunda todo. El mundo onírico te invade y los sueños por unas horas se hacen dueños de mis designios. A ellos me encomiendo, libres y salvajes en la noche, medidos por el día. Mis ojos se apagan de nuevo. Los sueños despiertan.

 

El tren acaba de llegar

 Fuera hace una temperatura agradable. El suelo aún está mojado por la débil lluvia que apenas ha dejado de caer en la ciudad y una suave brisa recorre cada uno de los recovecos del andén. El tren ha recorrido miles de kilómetros. En ese viaje han volado las risas y las lágrimas, los abrazos y las ausencias. Lo vivido, entre luces y sombras, jalona cada una de las estaciones visitadas en estos años de trasiego. Pongo mi pie izquierdo en el suelo y comienzo a andar por esta tercera estación. ¿Me acompañan?