Fluir

Fluye el agua de los ríos si nadie pone piedras para trabar su camino.

Fluye el aire si no construimos muros que lo detengan.

Fluye la sangre si no decidimos obstruir las arterias.

Fluye una mirada si es limpia y nada esconde.

Fluye una palabra tras otra en una conversación despreocupada.

Fluye la ilusión que vence los miedos.

 

 

Palabras, perdonadme

 Palabras perdonadme. Llevo varios días sin miraros a los ojos. Os he dejado de lado y no es por vosotras, de verdad. A veces la vorágine nos devora y dejamos las cosas que nos importan de lado. Vosotras me importáis. Mucho.

Dejaros dentro es ahogaros, degollaros, masacraros. ¡Cuántas cosas han muerto por la prisa, por la ausencia! ¡Dejadme que vuelva a vosotras, que os haga mías! ¡Dejadme que os preñe de historias y seáis importantes para alguien!

 Palabras perdonadme. No os dejaré nunca solas.

Lápices

 Un lápiz es pura magia. Los hay nuevos e inmaculados, los hay viejos y roídos, gastados por el tiempo. También hay algunos que son un tesoro para sus dueños. Otros cambian de lápiz como de camisa. Muchos de ellos se tiran años en su lapicero, durmiendo, carentes de vida. Algunos son exprimidos hasta el último centímetro de su grafito y mueren llenos de palabras escritas…

La cobardía

 Cientos de personas pasaban cada día cerca de aquella senda, pero ningún senderista había reparado en ella. Detrás de las zarzas y matorrales que la cubrían se abría una nueva vereda escondida que apenas nadie conocía.

Un camino con olor a pino y romero, con el suelo lleno de restos de piñas roídas por las ardillas y una luz que invitaba a recorrerlo hasta más allá de sus confines. Esos a los que nadie había llegado.

Algún avezado paseante era capaz de descubrir ese camino, sus colores y sabores, pero ninguno osó adentrarse en él. La cobardía y la duda, esa que nos atenaza y nos deja a los pies de la mediocridad. Esa laxitud que permite dejar que lo bello se pierda. La cobardía.

 

La prisa

Un día en un lugar muy lejano, me encontré un hombre sabio sentado en una humilde tienda de una olvidada calle. Al verme correr de aquí para allá y no detenerme en nada, me dijo: “Amigo, la prisa mata”.

Y es verdad. Nos mata. Lentamente. Dejamos de ver lo que nos rodea, lo cercano, lo que nos hace felices. Miramos más allá de la frontera de nuestras miradas y perdemos el tiempo en ello, en cosas estériles, muy lejanas.

Olvidamos lo que tenemos al lado y vamos muriendo. Poco a poco. Agonizando entre prisas absurdas, ojos cerrados y corazones que no laten. Nos convertimos en autómatas, en portadores de ausencia. En nada.

Es verdad. Amigos, la prisa mata.

Aires y años, años con aire

De treinta a cuarenta van diez. Súmale uno y te pones en cuarenta, más ese uno, claro. Llenos de aires,  esos años. Limpios y puros. Algunos. Cargados. Otros. Diez años pasaron como uno, a veces. Eternos, como veinte, otros tantos. Faltos de aire. Calma chicha. Chicha sin calma. Llenos de polvo, los aires. Huracanados, terriblemente duros. Dulces también. De ese cuarenta más uno hasta no sabemos donde. Con vientos favorables, sutiles, renovados. Por favor.

La (no) vida

Todo olía mal alrededor de casa. Hasta él. Hasta ella. Un olor consistente y profundo que ocupaba todos y cada uno de los espacios de su luminoso hogar. Su televisor de 50 pulgadas, su decoración con reminiscencias clásicas y el último grito en informática. Todo olía mal.

Miraban, buscaban, se volvían locos tratando de evitar ese olor nauseabundo que les inundaba, que no sabían de donde venía y les acompañaba tanto tiempo.

Un día, cansados de buscar sin resultado alguno y cerca del hastío, se sentaron juntos a tratar de respirar el aire fresco de la tarde. De pronto, las miradas de ambos se cruzaron y se dirigieron al viejo felpudo de la puerta de casa. Descubrieron que la pestilencia procedía de allí, donde cada uno dejaba los retazos de su existencia antes de entrar a su no vida.

Cientos de miserias estaban escondidas en el quicio de esa puerta.