La cobardía

 Cientos de personas pasaban cada día cerca de aquella senda, pero ningún senderista había reparado en ella. Detrás de las zarzas y matorrales que la cubrían se abría una nueva vereda escondida que apenas nadie conocía.

Un camino con olor a pino y romero, con el suelo lleno de restos de piñas roídas por las ardillas y una luz que invitaba a recorrerlo hasta más allá de sus confines. Esos a los que nadie había llegado.

Algún avezado paseante era capaz de descubrir ese camino, sus colores y sabores, pero ninguno osó adentrarse en él. La cobardía y la duda, esa que nos atenaza y nos deja a los pies de la mediocridad. Esa laxitud que permite dejar que lo bello se pierda. La cobardía.

 

La prisa

Un día en un lugar muy lejano, me encontré un hombre sabio sentado en una humilde tienda de una olvidada calle. Al verme correr de aquí para allá y no detenerme en nada, me dijo: “Amigo, la prisa mata”.

Y es verdad. Nos mata. Lentamente. Dejamos de ver lo que nos rodea, lo cercano, lo que nos hace felices. Miramos más allá de la frontera de nuestras miradas y perdemos el tiempo en ello, en cosas estériles, muy lejanas.

Olvidamos lo que tenemos al lado y vamos muriendo. Poco a poco. Agonizando entre prisas absurdas, ojos cerrados y corazones que no laten. Nos convertimos en autómatas, en portadores de ausencia. En nada.

Es verdad. Amigos, la prisa mata.

Aires y años, años con aire

De treinta a cuarenta van diez. Súmale uno y te pones en cuarenta, más ese uno, claro. Llenos de aires,  esos años. Limpios y puros. Algunos. Cargados. Otros. Diez años pasaron como uno, a veces. Eternos, como veinte, otros tantos. Faltos de aire. Calma chicha. Chicha sin calma. Llenos de polvo, los aires. Huracanados, terriblemente duros. Dulces también. De ese cuarenta más uno hasta no sabemos donde. Con vientos favorables, sutiles, renovados. Por favor.

La (no) vida

Todo olía mal alrededor de casa. Hasta él. Hasta ella. Un olor consistente y profundo que ocupaba todos y cada uno de los espacios de su luminoso hogar. Su televisor de 50 pulgadas, su decoración con reminiscencias clásicas y el último grito en informática. Todo olía mal.

Miraban, buscaban, se volvían locos tratando de evitar ese olor nauseabundo que les inundaba, que no sabían de donde venía y les acompañaba tanto tiempo.

Un día, cansados de buscar sin resultado alguno y cerca del hastío, se sentaron juntos a tratar de respirar el aire fresco de la tarde. De pronto, las miradas de ambos se cruzaron y se dirigieron al viejo felpudo de la puerta de casa. Descubrieron que la pestilencia procedía de allí, donde cada uno dejaba los retazos de su existencia antes de entrar a su no vida.

Cientos de miserias estaban escondidas en el quicio de esa puerta.

 

Microcuento #1

Buscó alas con las que vestirse para iniciar su vuelo.

Buscó tintes para colorearlas y darles un nuevo brillo.

Buscó precipicios por los que tirarse.

Buscó vientos favorables.

Buscó un mar en calma donde amerizar.

Buscó el sol de la tarde.

Buscó un lugar sereno donde recostarse.

Buscó dormir y soñar libre.

 

Días de silencio

 La vida y la muerte van unidas. Las separa una delgadísima línea que no está trazada pero que te puede atravesar en una décima de segundo. Una decisión, solo una decisión. Alargar tu siesta, acortar una charla, entretenerte con el móvil o en el aseo y ¡zas! Te ha tocado.

Hoy escribo estas palabras con el dolor de saber que cinco personas anónimas perdieron la vida en un lugar en el que yo estuve entre cinco y diez minutos antes. La víctima, la vida anónima perdida bien pudo ser la mía si mis quehaceres en esa fatídica tarde me hubieran retenido en casa unos instantes más, solo unos instantes más.

No somos nada.

D.E.P. y fuerza a esas familias.